| Y su nuevo jefe, un mito
Publicado en el diario El País (25-04-2002)
SANTIAGO SEGUROLA
Cuando las andanzas de una persona de 63 años generan en la NBA
una expectación parecida a la de las jóvenes estrellas es que se
trata de un tipo excepcional por algo. No ya por su pasado, pues
eso está relacionado con la nostalgia, sino porque todavía es capaz
de ofrecer algo que casi nadie puede proporcionar: sabiduría, instinto,
precisión, algo parecido a la magia.
Esa persona existe y se llama Jerry West, astro del
baloncesto allá por donde ha pasado: en la Universidad de West Virginia,
en los Lakers de los años 60 y 70, en la dirección de operación
de los célebres Lakers de Magic Johnson, Kareem
Abdul Jabbar y James Worthy, en los
mismos Lakers que remontaron el vuelo cuando Shaquille fichó
por el equipo porque confiaba en West más que en nadie. El hombre,
en fin, que se jugó la vida por un chico de 17 años al que contrató
a cambio de entregar a Vlado Divac a los Hornets de
Charlotte. El chico era Kobe Bryant, y ahora todo
el mundo dice que West es un genio porque supo antes que nadie que
el muchacho era especial. Esa clase de disparo certero es lo que
quieren los Grizzlies de Memphis, dispuestos a convertir al viejo
Jerry West en presidente del club al elevado coste de cinco millones
de dólares al año.
Los Grizzlies, el equipo de Pau Gasol, son el conjunto
perdedor por excelencia. Desde su ingreso en la NBA, nadie ha cosechado
antes 100 derrotas, 200, 300. Pero algo le dice al dueño de los
Grizzlies, Michael Heisley, que la fortuna puede cambiar
muy pronto. Heisley ve que hay un potencial indiscutible en los
jóvenes, pero sabe que necesita de un maestro que mueva los hilos
en el teatro de la NBA, alguien que vea más allá que los demás,
que sea un indiscutible, el mesías que lleve a los Grizzlies a través
del desierto. Y ahí está el viejo West, el jugador más perfeccionista
quizá que haya dado el baloncesto, un hombre atormentado por la
derrota, quizá porque pocos obtuvieron más consideración individual
a cambio de menos éxitos con su equipo.
Aquellos Lakers sólo ganaron el título en 1972, éxito insuficiente
para aplacar la amargura de West por tantas derrotas anteriores
frente a los colosales Celtics. En West confían los Grizzlies porque
nadie merece más confianza. No en vano es el hombre cuya silueta
-la de un jugador botando la pelota- figura como logotipo de la
NBA. El mismo hombre con un grado tan extremo de profesionalidad
que abandonó el baloncesto el día que, por primera vez en su vida,
no le sudaban las manos en la vigilia de un partido.
Dejó el baloncesto y comenzó a jugar al golf. Lo hizo con tanta
intensidad que muy pronto batió récords en los campos de Los Ángeles.
Lanzaba los putts con la misma frialdad y precisión que los tiros
libres. Y todo porque le horroriza perder, porque no puede convivir
con el sentimiento de la derrota.
Lo mismo ocurrió cuando se convirtió en el gran arquitecto de los
Lakers en los años ochenta. Ganó entonces y ganó con Shaquille y
Kobe, pero el miedo a la derrota no le abandonó. Muchas veces se
refugiaba en un cine porque no podía aguantar la tensión de los
partidos decisivos de esos Lakers. Hace poco más de un año dijo
que ya era bastante, y abandonó su puesto. Quería descansar y jugar
al golf. Sin embargo, casi cada día ha aparecido una noticia relacionada
con tal o cual equipo dispuesto a fichar al gran gurú. Nadie podía
sospechar que fueran los desacreditados Grizzlies. Y si la operación
se concreta será porque West también olfatea que algo se mueve en
los Grizzlies. Algo relacionado con un buen futuro; con jugadores,
como Gasol, que pueden encontrar en el viejo maestro la mejor ayuda
posible para dar el gran salto. |