| El mito acepta el desafío
Publicado en el diario El País (28-10-2001)
SANTIAGO SEGUROLA
Lo más probable es que B. J. Armstrong regrese a la biblioteca
de Chicago para continuar con el estudio de la vida de los genios.
El tema le preocupa desde hace tiempo, más o menos desde que coincidió
en los Bulls con Michael Jordan. Armstrong era un
buen base que no acertaba a comprender ciertas peculiaridades en
el juego de Jordan, detalles que le elevaban no sólo sobre el común
de los jugadores, sino también sobre las estrellas del baloncesto.
No se trataba del punto de vista de un aficionado rendido a la fascinación
de un virtuoso: era la necesidad de un profesional que no encontraba
respuesta a lo que veía en uno de los suyos. Decidió que era un
genio. Literalmente. Durante una buena parte de su carrera buscó
algún tipo de relación entre las proezas de Jordan y los prodigios
de matemáticos, físicos y poetas. “Yo le compararía con Miguel
Ángel”, dijo Phil Jackson, el entrenador de
los Bulls. “Su talento”, añadió, “trasciende el deporte para convertirse
en una forma de arte”.
Todo el mundo ha buscado comparaciones para explicar a Jordan.
¿Un artista? Sí, y algo más. “Es Hannibal Lecter”,
escribió Bob Ryan en el Boston Globe. Un depredador,
eso también, un tipo que arrancará el corazón a un rival para derrotarle
y hasta humillarle si Jordan tiene alguna cuenta pendiente con él,
cosa que ocurre con frecuencia. Hay mil maneras de enfocar a Michael
Jordan, y casi todas pasan por su adicción a superar cualquier desafío.
Pero éste resulta más intrigante que ninguno: en la frontera de
los 39 años vuelve a las pistas para medirse con algunos de los
mejores atletas del mundo y, sobre todo, para enfrentarse a su propio
mito. ¿Además de Miguel Ángel y Hannibal Lecter, será un Fausto
contemporáneo?
Ningún jugador de baloncesto ha regresado a la actividad a la edad
de Jordan, y no merece la pena citar a Bob Cousy, el gran
base de los Celtics, cuyo breve retorno con 40 años fue un fracaso.
En el caso de Jordan, las expectativas que genera son tan enormes
que será difícil aceptar algún signo de decadencia. Ya volvió un
día, después de año y medio alejado de las canchas, sumido en la
depresión que le produjo el asesinato de su padre y enredado en
su vieja deuda con el béisbol, su primera pasión. Fue uno de los
pocos retos que no superó, pero aquellos partidos con los Barones
de Birmingham por la América profunda le sirvieron para volver a
sus raíces, cuando el lujo, el dinero y la fama eran un sueño que
incubaba en los autobuses del instituto Laney o de la Universidad
de Carolina del Norte.
Aquella primera retirada le devolvió a las pistas con el mismo
apetito por la competición y con más sabiduría. Jordan construyó
otro Jordan, en un ejercicio sin precedentes en el deporte. Durante
su primera época, entre 1984 y 1994, había dominado el baloncesto
por muchas razones, pero siempre blindado por la supremacía de físico,
de una capacidad atlética que le ofrecía respuestas en todas las
circunstancias. Cuando regresó en 1995, Jordan se transfiguró en
una especie de cirujano que determinaba las victorias de los Bulls
a través de la precisión de sus acciones, infinitamente más económicas
que en la exuberante etapa anterior.
¿Y ahora? ¿Qué Jordan veremos? La lógica obliga a pensar en un
Jordan menor, es decir, en un grande del baloncesto. Un Jordan decadente
es hoy uno de los mejores jugadores de la NBA. En su segundo partido
de pretemporada, anotó 18 puntos en 12 minutos, un punto y medio
por minuto, con una proyección de 72 puntos en los 48 minutos que
dura un encuentro. Todo eso demuestra dos cosas: que el gran mago
es todavía mortífero y que está tentado a desafiar todas las convenciones
sobre la edad y el deterioro físico. Si lo consigue, será el mayor
triunfo en su larguísima carrera de éxitos, una que comenzó en marzo
de 1982 con un tiro de cinco metros, a 17 segundos del final del
partido, lanzamiento que dio la victoria a la Universidad de Carolina
del Norte en la final universitaria frente a Georgetown. Tenía 19
años. El resto es historia.
Apostador compulsivo –llegó a deber más de 200 millones de pesetas
a Richard Esquinas, un profesional de muy dudosa reputación
en el mundo de las apuestas–, Jordan encuentra pocas cosas más excitantes
que un desafío. En las interminables partidas de cartas, en los
campos de golf donde pasa jornadas de sol a sol jugándose 1.000
dólares por hoyo, la competición le resulta adictiva. Puede que
por ahí se encuentre una explicación a su regreso, o como él dice:
“Vuelvo por amor al baloncesto”. Es menos explicable el peligro
que corre al comprometer su grandioso mito. Cumplirá 39 años en
febrero y jugará con los Wizards de Washington, un equipo de una
mediocridad indiscutible. Ya no es el purasangre que conducía a
aquellos Bulls de Pippen, Rodman o Kukoc. Ahora
tendrá que responder a un nivel de exigencia como ningún otro jugador
ha tenido y estará obligado a tutelar a una pandilla de jóvenes
jugadores, alguno de los cuales nació cuando Jordan ya era una celebridad
en la Universidad de Carolina del Norte.
La naturaleza de su trabajo parece insoportable: poner en cuestión
su propia leyenda, afrontar los rigores de la edad, adiestrar a
un equipo que el pasado año ganó 19 partidos y perdió 63, enfrentarse
a la mejor generación de jugadores que ha surgido en la NBA desde
la llegada de Jordan en 1984. Ellos –Kobe Bryant,
Vince Carter, Tracy McGrady, Allen
Iverson– son la consecuencia de Jordan, tipos arrogantes
y espléndidos atletas que están dispuestos a destrozar al maestro
o morir en el intento. ¿Quién se atreve a luchar en tantos frentes?
Michael Jordan. ¿Por qué? Puede que sea por amor al baloncesto,
pero también hay que buscar otro perfil fundamental del genio: su
compromiso con el negocio. Para un hombre que ha ganado miles de
millones de pesetas por jugar y que ha generado ganancias de más
de dos billones de pesetas para las empresas a las que ha representado
con su imagen, el baloncesto está francamente relacionado con el
beneficio económico, que es precisamente lo que no conseguía con
los Wizards durante sus dos años como accionista y director de operaciones
del club.
Con Jordan, los Wizards se aseguran publicidad, llenos diarios
y una cobertura televisiva superior a la de cualquier otro equipo.
No es que ponga a los Wizards en el mapa, es que les pone de moda,
algo descabellado en un equipo con unos precedentes tan lamentables.
Ésa es la parte que Jordan cultiva tan bien como su vertiente como
jugador, hasta el punto de que quizá haya decidido arriesgar algo
del mito en favor de los intereses del negocio. |