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El 7 de septiembre

Publicado en el diario El Mundo (09-09-2002)

CARLOS TORO

En el baloncesto español nada ha cambiado sustancialmente tras las históricas victorias ante Yugoslavia y Estados Unidos. Sigue confiando el grueso de su suerte a la generación de los júniors de oro que, incluso esta vez sin el lesionado y jazzístico Raúl López, han demostrado su calidad presente y sus posibilidades venideras. Vencedor o vencido, hizo lo que tenía que hacer. Los resultados, favorables o no, eran independientes de su estado actual y su proyecto futuro.

En el baloncesto estadounidense puede que no cambie realmente nada porque la NBA lleva ya unos años variando su mentalidad respecto a los jugadores extranjeros y aceptando poco a poco que este planeta es muy grande, está lleno de canastas y, qué demonios, no es tan raro que a su sombra nazcan también chicos altos, chicos fuertes, chicos ágiles, chicos rápidos y chicos listos. Pero puede que cambien muchas cosas según los análisis que del Desastre de Indianápolis se hagan en el país, según las repercusiones que haya tenido el descalabro y según las conclusiones que de él se extraigan.

Puede que la arrogante prensa y la ignorante afición, que, después de todo, de algo se habrán enterado estos días, reaccionen minimizando el conjunto, considerándolo un accidente, cuando no una mera anécdota, y pensando que las estrellas de verdad de su baloncesto hubieran barrido a cualquiera que se les hubiese puesto por delante. Bien. Eso habría sucedido seguramente. Pero nadie, ni siquiera la ignorante prensa y la arrogante afición, puede ignorar que hasta hoy los americanos consideraban que el peor equipo que se puede formar con mimbres de la NBA era superior al mejor equipo que se pudiese reunir con jugadores del resto del universo. Pues ya han visto que no era así. Y ni siquiera los pupilos de George Karl han caído frente a una selección mundial, sino ante una constituida sólo por argentinos, una constituida sólo por yugoslavos y a otra constituida sólo por españoles. Y precisamente en Indianápolis, en casa. Tres veces in your face!

Ha sido casi patético ver a un equipo USA perplejo, desconcertado, al que, acostumbrado a pensar en lo contrario, le costaba muchísimo remontar un súbito marcador en contra, aunque fuese por pocos puntos. Un equipo incapaz de adoptar variaciones tácticas fuera de su defensa individual y sus rutinarios y automatizados uno contra uno. Con el mayor de los respetos hacia la inmensa tragedia y (aún) la inmensa amenaza que supuso el 11 de septiembre de 2001, el basket estadounidense ha tenido ahora, en 2002, su 7 de septiembre. Y esta vez se han derrumbado más de dos torres.

 

© cbjuandeaustria.com, 2002
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