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Mi idolotrado hijo Sisí

Escrito para www.cbjuandeaustria.com (09-10-2008)

El tema de los padres, y su interferencia en los equipos, es una conversación típica y tópica entre los entrenadores. Casi siempre hay alguno que en un momento dado cree que lo haría mejor que el que dirige a su hijo, que es mejor psicólogo, mejor pedagogo y, sobre todo, que sabe más de baloncesto.

En ocasiones, algunas de estas cuestiones pueden ser ciertas, pero rara vez todas juntas. Es cierto que a muchos entrenadores, quizá a todos, aún les faltan importantes pasos en su formación, pero el árbol a veces no nos deja ver el bosque.

Cuando los padres aterrizan en el baloncesto, pues sus hijos han escogido este deporte, la mayoría entiende poco o nada. Con el paso de los años creen que van sabiendo ya tanto que pueden dar consejos técnicos y tácticos a sus hijos y, si se tercia y carentes de todo rubor, también a los entrenadores. Hay otros que sí han practicado, con diferente fortuna, el baloncesto. A esos el saber, como el valor en la mili, se les supone, pero… siempre hay un pero.

Como nuestro club ha hecho una más que aceptable política de cantera, con unos equipos de minibasquet que en ocasiones se pueden codear con lo más granado del mini madrileño, siempre salen "futuras estrellas". Hasta ahora, y ya van unos cuantos años, siempre comenzamos pensando: "el padre de Fulanito no se lo tiene todavía creído"; "el de Menganita no se 'flipa' con equipos de los denominados grandes, y parece tener los pies en el suelo".
Pero al final siempre nos equivocamos. En ocasiones son los propios padres los que meten pájaros en la cabeza a los niños, y otras, son los niños que ven que destacan por encima de los de su entorno, y quieren probar fortuna en otros lares, pues creen que son mejores que alguno de los que conocen o han visto jugar en clubes de más renombre. Los padres suelen acceder a esas pretensiones, pues suelen, de manera consciente o inconsciente, hacer de barrera entre sus hijos y sus problemas, para evitar que ellos sufran. No se dan cuenta de que con esta actitud lo que consiguen es que sus hijos no encuentren estrategias para enfrentarse a los problemas, ni de pequeños, ni de mayores.

Casi todos los padres, haciendo gala de una mal entendida protección paternal, tienden a resaltar las virtudes de su vástago, y a minusvalorar sus defectos. Casi todo lo que hacen está bien, y casi todo en lo que yerran es por culpa de los demás. Sin darse cuenta van convirtiendo al hijo en un niño caprichoso y mimado, que empieza a mirar a todos con los mismos ojos que ese padre que ya termina por ser su entrenador personal. Para ello, el niño busca siempre el asentimiento del progenitor, y éste aplaude o reprueba lo que su hijo ha realizado. Así, poco a poco y sin darse casi cuenta, la labor del entrenador pasa a un segundo plano.

Cada vez hay más padres que vuelcan en las carreras deportivas de sus hijos todas sus inquietudes, ansias o frustraciones, ya sea de su pasado deportivo o de su presente laboral. Otros sobrevaloran el potencial de sus retoños, y creen que están educando bien a su hijo, y que cuanto más alto llegue en el plano deportivo será más feliz, aunque realmente lo que busca es medrar personal y socialmente dentro de su entorno. Y para que su hijo pueda ser una "estrella" no dudará en sacrificar todo lo que haga falta, incluso los estudios pues, como buen Maquiavelo, el fin justifica los medios.

Miguel Delibes, el genial escritor castellano, nos dejó una novela que debería convertirse en libro de cabecera para aquellos padres que sólo ven por los ojos de sus hijos. En "Mi idolatrado hijo Sisí", Delibes nos presenta a un niño que ha sido educado en un entorno sobreprotector, que termina por crear la personalidad caprichosa y egoísta de la que antes hablábamos, pues la única pretensión de Cecilio Rubes (el padre) era que su hijo fuera feliz, sin importarle ni los ambientes que frecuentaba ni que dejara los estudios. Luego, cuando la Guerra Civil termina por llevárselo, salen a relucir todas las miserias y frustraciones paternas, que finalizan con un suicidio.

Hace un tiempo tenía una corta pero jugosa charla con un entrenador de cierto prestigio en el mundillo del baloncesto madrileño. X, no voy a decir ni su nombre ni su actual club por motivos obvios, no tenía reparo alguno en renegar del poco tiempo que tuvo bajo sus órdenes un jugador conocido por ambos, y que consiguió que en un buen grupo hubiera camarillas, intrigas y mal ambiente, llevando al equipo a una mediocre posición, cuando las expectativas eran altas. El jugador en cuestión, además de aportar poco a su equipo, consiguió que los demás no tiraran del carro. El jugador en cuestión era todo un Sisí.

Espero, por su bien, que algún día deje de serlo.

 

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