| El tonto del bote
Publicado en la revista Gigantes del Superbasket (13-02-1996)
JAVIER OLAVE
En todos los equipos juveniles, al menos en todos los bien entrenados,
hay una práctica esencial que ponen en marcha todos los técnicos.
Después de hacer la "once", por ejemplo (sucesivos
contraataques rápidos de tres contra dos), se juega un cinco
contra cinco... sin bote. Los dos ejercicios son necesarios. El
segundo, imprescindible para entender el baloncesto.
Confundido entre tácticas, sistemas, nuevos diccionarios
técnicos (trap, body-check...) y adornos similares
(a veces simple esnobismo), hay quien se ha olvidado del alma del
juego. Y en esa esencia, que tratamos de rescatar todos este año,
hay algo fundamental, obsesivo, en lo que no reparan muchos jugadores
y muchos técnicos. En aquellos partidos de entrenamiento
sin bote, cortos y con obvia ventaja de la defensa, se aprende que
echar el balón al suelo es matar la velocidad. Hay muchos
bases (y muchos aleros, y muchos pívots) que tienen un reflejo
dañino. Reciben e, inmediatamente, sin pensar, botan. Cuando
el balón vuelve a sus manos, la defensa está replegada,
el jugador que cortaba está cubierto o el tiro despejado
ya está punteado.
Hay bases que cuando reciben el primer pase botan, en lugar de
mirar el horizonte. En ese momento, la transición ha muerto.
Hay bases que, ante la defensa contraria (¡sobre todo contra
la zona!), botan, miran y remiran. ¿Para qué vale
botar?.
Sólo para echar a correr, para entrar a canasta o para huir
de un defensor muy presionante. Pero el bote debe tener su erótica.
El que tiene el balón tiene el poder. El que tiene el balón
es mirado por todo el mundo. El que tiene el balón, manda.
Y no hay mejor excusa para tener el balón que botar. El balón
que bota está muerto. Y el baloncesto necesita ese balón
rápido de la "once" o de los partidos sin bote,
en los que hay que moverse, hacer bloqueos indirectos, puertas atrás,
correr, tirar... Todo lo contrario de ese baloncesto control que
tanto daño le ha hecho a las gradas de la ACB.
El basket-control puede ser un recurso (un equipo que quiere parar
el partido por una gran ventaja, una plantilla muy corta, una estrella
muy lenta...), pero no una filosofía. El baloncesto control
se casa con el bote, y el bote con el tonto. No hace falta pensar,
si se bota bien, no hay que ver los puntos calientes de un ataque.
No hay que ver a un compañero corriendo. No hay que ver líneas
de pase. Basta botar, botar, botar, y, al final, pasar a un tipo
que se abre porque tiene al marcador relajado y encima. El espectáculo...
¿para qué?.
Es tremendo que de aquellos partidos sin bote de sus equipos juveniles
hayan salido un montón de hombres con el reflejo primitivo
de botar, en lugar de mirar. Es terrible que sus entrenadores lo
consientan, como consienten los árbitros que el balón
que entra en la canasta lo toque un atacante por sistema, para matar
una rápida réplica del rival. Es horrible que, después
de cada falta personal, ya no se levante la mano (un gesto cortés,
elegante, útil para el público y pacificador). Es
una faena que ya no exista una violación llamada "zona",
lo que, entre otras cosas, impide más cortes, menos aglomeraciones
y más defensa de ayuda. Es un desastre que ahora haya que
estudiarse una enciclopedia para entender el baloncesto, cuando
antes era tan fácil, tan resultón, tan ágil,
tan digno. Epi sigue pidiendo que el tiempo de ataque se
recorte a veinticuatro segundos. Tiene razón. Aunque a alguno
de nuestros timoneles de la ACB les faltará entonces tiempo
para botar. |